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Por:
Carlos Ardila
“Habiendo dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue llevado a las alturas hasta que una nube lo ocultó de su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse” (Hechos 1:9-11).
Carlos Ardila
“Habiendo dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue llevado a las alturas hasta que una nube lo ocultó de su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse” (Hechos 1:9-11).
Como estaba escrito acerca de él (Lucas 9:51-53; 18:31-33), el Señor Jesús afirmó su rostro para ir sin rehuir a Jerusalén al encuentro del destino por él desde antes elegido para nuestra redención (Juan 10: 17,18; Filipenses 2: 6-11; Tito 2:13,14), al encarnarse, en la semejanza de cualquier niño judío, Jesús nació, creció y murió en el cumplimiento del proceso y del ciclo natural de la vida humana; sin embargo, después de haber sido muerto por los romanos incitados por los líderes religiosos judíos, el Señor resucitó (Juan 20:1-10).
Y es justamente el acto mismo de la resurrección del Señor nuestra esperanza de eterna salvación (Juan 14:2-6). Al igual que el Señor Jesús murió, fue sepultado y resucitó, nosotros al decidir morir al viejo ser, hemos sido en Él sepultados para renacer y vivir en novedad de vida (Juan 3:3-5; Romanos 3:3-6).
Nacer, crecer y morir comprende el ciclo natural de nuestro existir material; ahora, adicionalmente la Palabra de Dios nos da cuenta de la existencia de un ciclo espiritual consistente en el morir para vivir, morir a nuestro ego, al yo personal para vivir reproduciendo en nosotros el modelo de la vida del Señor.
Fue acerca del vivir en Cristo que el gran apóstol Pablo expresó: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).
Puesto que hemos resucitado espiritualmente con Cristo, vivamos cada día de nuestras vidas agradándole a él, ya que deberemos cada día morir para vivir posteriormente por siempre en su presencia (Filipenses 3:20,21).
