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Por:
Carlos Ardila
Fatales accidentes de tránsito son portada de los diarios día a día en nuestro país, variadas son las circunstancias en las cuales éstos se producen, lamentablemente, un alto porcentaje de los mismos son característica y frecuentemente ocasionados por personas ebrias al volante condiciendo sus autos a las más altas e innecesarias velocidades.
Carlos Ardila
Fatales accidentes de tránsito son portada de los diarios día a día en nuestro país, variadas son las circunstancias en las cuales éstos se producen, lamentablemente, un alto porcentaje de los mismos son característica y frecuentemente ocasionados por personas ebrias al volante condiciendo sus autos a las más altas e innecesarias velocidades.
Muchas son las medidas adoptadas por las autoridades a fin de disminuir los cada vez más crecientes datos estadísticos sobre los niveles de accidentalidad en tránsito, una de las sabías recomendaciones es la de entregar a alguien más el volante al no estar un individuo en condiciones aptas de lucidez para poder conducir su automóvil.
Definida la embriaguez como la turbación e inclusive la disminución temporal de las potencialidades físicas y de la lucidez y el equilibrio mental de un determinado individuo debida a la ingestión en exceso de bebidas alcohólicas, bien hace evidente el riesgo de un alguien al volante en tales circunstancias, no sólo en perjuicio de su propia integridad personal, sino además constituyendo una seria amenaza para la de los demás a su alrededor.
Ahora, al pensar en el pecado como embriagante detónate de sentires y emociones contrarías a la voluntad del Señor que llegan a hacer victimas, esclavos incluso a quienes por él se dejan dominar (Juan 8:34), no podemos dejar de observar las consecuencias funestas de éste en sus vidas, a más de constituir tales vidas guiadas e inclusive dominadas por los designios del mal, una grave amenaza que con su influencia desestabiliza hogares, destruye relaciones… y en definitiva conduce a la muerte espiritual (Romanos 8:3).
Pensar que la embriaguez inicia con el consumo de tan sólo una copa seguida de otra y luego de una más…; así el pecar no detenido a tiempo, nos puede embriagar hasta esclavizar. Hermanos, nuestra victoria en la lucha contra el pecado es segura si sabiamente nos guardamos de darle ocasión al diablo (Romanos 12:12-14), en lugar de lo cual estemos siempre lucidos por vivir bajo la guía del Espíritu del Señor quien dirija nuestras vidas, a él, y sólo a él entreguemos el volante y la conducción de nuestras vidas ¿está él plenamente al control de la tuya? (Juan 16:33; Gálatas 5:18-25).
