Espacio de estudio y reflexión con el contenido de la autoría y reserva moral del redactor, úsese libremente citando al autor, sin lucro y a la sola gloria del Señor.
Por:
Carlos Ardila
Durante el trascurso de las últimas semanas y al haber estado viajando largas distancias trasladándonos de un país a otro, de un estado a otro, de una ciudad a otra, bien por aire o por tierra, al visitar a algunas de las iglesias norteamericanas y al entrevistarnos con varios de nuestros hermanos residentes en los Estados Unidos e intercambiar impresiones acerca de la obra del Señor, he estado pensando en la forma en la cual Él decidió actuar al encarnase a fin de redimirnos.
Carlos Ardila
Durante el trascurso de las últimas semanas y al haber estado viajando largas distancias trasladándonos de un país a otro, de un estado a otro, de una ciudad a otra, bien por aire o por tierra, al visitar a algunas de las iglesias norteamericanas y al entrevistarnos con varios de nuestros hermanos residentes en los Estados Unidos e intercambiar impresiones acerca de la obra del Señor, he estado pensando en la forma en la cual Él decidió actuar al encarnase a fin de redimirnos.
Vivimos por gracia de Dios en una era en la cual abundan las muchas comodidades que el modernismo nos brinda, entre éstas contamos con las calefacciones y los sistemas de aire acondicionado, a más de las muy variadas, prácticas y rápidas formas de desplazarnos y a la vez de comunicarnos; sin embargo, fue en una muy remota e incómoda época si le comparamos con la actual, en la que el Señor Jesús se encarnó y en la cual a voluntad no disfrutó de las tantas facilidades de las cuales hoy disponemos.
El Señor Jesús, nuestro omnipotente y omnipresente Dios decidió descender en forma humana a la tierra y con todas las implicaciones materiales de ello, eligió el vivir limitado al tiempo, el espacio y a la materia, y así, al recorrer en lo cotidiano largas distancias, día tras día de su vida realizó la obra que a sí mismo se había auto impuesto (Juan 1:1; 3:16; 10: 17,18; Filipenses 2:6-11; Lucas 4:16-21).
Después de Él haber resucitado, se presentó vivo a sus apóstoles y les comisionó a predicar el evangelio diciéndoles: “Id y haced discípulos a todas las naciones…” (Mateo 28:19), comisión misma que por extensión nos ha sido delegada a todos y a cada uno de nosotros; ahora, en su uso original, el id empleado por el Señor al enviarles, más que el desplazamiento físico de nación en nación, implicó el que hicieran éstos discípulos de entre todas las naciones mientras fuesen de camino por la vida (Hechos 1:8; 8:4), lo cual ellos hicieron en tan limitada e incómoda era a expensas incluso de sus vidas.
Hoy, disfrutando de todas nuestras tantas comodidades, mientras vamos por el camino de la vida, ¿lo hacemos hablando al mundo del Señor? ¿O quizás el vivir tan cómodos y el querer estarlo aún más nos ha hecho olvidarnos de nuestra comisión?
